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MENOS LEYES

  1. La principal función de la rama legislativa tradicional ha sido la de crear las leyes que han de regir las principales interacciones sociales, tanto de los individuos en su vida privada como en su relación con el Estado.  Más adelante en la historia, se ha adicionado la función de controlar políticamente a la rama ejecutiva como herramienta de lucha contra excesos de la misma.
  2. Infortunadamente la función de control político sólo es ejecutada por una pequeña porción del Congreso: la oposición.  La postración a la burocracia del ejecutivo hace que la gran mayoría de congresistas pasen en silencio respecto de los actos de corrupción, abusos, errores o malas ideas del gobierno de turno.
  3. Normalmente, se registra con gran satisfacción por parte del Congreso el hecho de que se discutan y aprueben muchas leyes, como si tal número demostrara que los congresistas sudan mucho para obtener su salario.  Nada más errado.  Se prima cantidad sobre calidad como buen pensamiento retardatario.
  4. Al contrario, la exageración indiscriminada de normas que el Congreso expide constantemente tiene diversas consecuencias perversas: en especial, una completa descoordinación para los operadores jurídicos, que tienen que pescar entre infinidad de opciones para aplicar; y para los ciudadanos, que cada vez están más desorientados por las definiciones de sus representantes, y que no tienen idea de cuáles normas rigen su comportamiento.  La ignorancia de la ley debería ser válida como excusa ante la imposibilidad ciudadana de ponerse al tanto de la obstinada producción jurídica.
  5. La proliferación legal lo único que demuestra es la ignorancia de los legisladores acerca de su trabajo, sus objetivos, y, sobre todo, la historia legislativa del país.  La vaguedad en las derogaciones de leyes anteriores es preocupante, pues nuevas leyes incompletas terminan dejando graves vacíos que eran considerados en leyes anteriores.  Nadie sabe qué ley está viva, ni siquiera el propio legislador.
  6. Debates insulsos, carentes de argumentos, sin profundidad en conceptos, simplemente pegados al designio de la demagogia del ejecutivo, sin reflexión.  Así es la creación de nuestras leyes.  Además, hechas a una velocidad contrarreloj, apadrinadas por el triste pupitrazo, el voto secreto y la no lectura de textos.  El Congreso, además de ganarse su pésima reputación con sobrados merecimientos, empieza a deslegitimar la función de legislativa, y a ponernos a pensar si realmente se requiere esta rama del poder en el Estado moderno.
  7. El lobby congresional hecho por poderosos grupos, sea económicos, de comunicación o políticos, se ha convertido en el pan de cada día.  Pocas leyes vienen de la entraña popular, la verdaderamente afectada por las decisiones normativas.  El beneficio se queda en unas pocas manos.  Las leyes tienen nombre y destinatario propio, que generalmente no es el pueblo legitimador de la Democracia.
  8. Si a esto le sumamos el hecho de que en el proceso legislativo se excluye la participación activa de la ciudadanía, que no tiene voz directa en los debates, que es alejada de cualquier decisión, y que, a lo sumo, vía medios de comunicación se da cuenta de algunos proyectos nocivos, la Democracia participativa de la que tanto se habla queda totalmente cuestionada.  Al contrario, hoy la ciudadanía se encuentra más alejada del Congreso en términos físicos, no pudiendo siquiera expresarse en las tribunas.
  9. Adicionalmente, la rama legislativa cumple a cabalidad el dicho de que el papel puede con todo.  La demagogia de hacer leyes para beneficiar a todo tipo de intereses ha hecho perder la credibilidad en el Congreso, puesto que se termina incumpliendo con la mayor parte de las normas debido a la falta de presupuesto para su efectividad.  Se lanzan con bombos y platillos normas que nunca se llevan a cabo, generando mayor desconcierto en los desilusionados ciudadanos.
  10. Al país le haría un gran bien una revisión de su normativa: el Congreso debería ser remunerado por derogar la mayoría de las innecesarias leyes que nos ahogan.  Se debería establecer un procedimiento mucho más complejo para crear una nueva ley: más cantidad de debates, mayor participación de la ciudadanía en el proceso, mayor intervención de todos los congresistas.  Esto, sin contar que se debería exigir una adecuada apropiación presupuestal para cada nueva ley creada, que no quedaran en simples ilusiones para los ciudadanos.
  11. Pero si el Congreso realmente quisiera cambiar la historia, debería dedicarse más al control político y menos a crear innecesarias leyes que no cambian el rumbo del país.  Los congresistas deberían ser medidos por la calidad de sus denuncias sobre un ejecutivo omnipresente y una rama judicial autócrata.  Cada ley innecesaria que se crea nos hace perder tiempo para desenmascarar la corrupción.  Acabemos, con urgencia, con todas las que pululan en nuestro espectro normativo.  Y después tocaremos la normatividad reglamentaria del gobierno, la prueba fehaciente de que el Derecho puede convertirse en la materia más tediosa e innecesaria para un ciudadano del común.  Es tiempo de actuar.

Septiembre de 2012

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