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FIN DEL EFECTIVO: INICIO DE LA LEGALIDAD

El control de la ilegalidad ha sido lucha constante de los Estados: conductas como la corrupción, el tráfico de sustancias ilícitas, el contrabando, el lavado de activos, el control de rentas estatales por parte de grupos al margen de la ley, el testaferrato de delincuentes, la evasión de impuestos entre muchos otros, se han convertido en constante dolor de cabeza para todas las Democracias, especialmente para aquellas en consolidación y desarrollo.

La lucha contra la ilegalidad siempre se ha vivido con altibajos: caen constantemente capos de todo tipo de carteles pero al poco tiempo tienen sus remplazos, generando una sensación de no poder acabar nunca con estructuras criminales anquilosadas en la sociedad civil.  El sinsabor es frustrante para los ciudadanos de bien, que sienten la impotencia de ver un Estado extraviado en una batalla sin final, donde aparecen más y más rivales inagotables.

Pero si se analizan con profundidad las verdaderas motivaciones de la ilegalidad podemos empezar a encontrar soluciones más concretas que pueden ayudarnos a erradicar la criminalidad que agobia a las sociedades.  Podemos, para ello, partir de una premisa sencilla: la motivación económica y el poder efímero hacen que una minoría de seres humanos hagan daño a la sociedad, generando un mundo paralelo ilegal que genera temor a los ciudadanos de bien y debilidad a los Estados democráticos.

Algunos propondrán que si educamos a todas las personas conseguiremos una sociedad más civilizada, donde la ilegalidad será inferior a cada momento.  Tienen razón en su idea original, pero seguirá siendo insuficiente frente a la realidad que nos atormenta.  Pues por más que luchemos educando a la sociedad, será imposible dar la batalla contra la codicia y el egoísmo natural al ser humano, que lleva a unos cuantos a cometer acciones contrarias al desarrollo social para favorecer sus propios intereses, sin importar los medios que utilicen para ello.

Por lo tanto, por más buena fe de la que partamos para tratar a la humanidad, siempre será imperante generar obstáculos para quienes decidan ir por mal camino, dificultándoles el acceso al dinero ilegal que los mueve a actuar de esa forma.  Entendiendo esas motivaciones se puede generar una estrategia más clara para empezar una verdadera derrota de la ilegalidad.

Lo primero que se debe lograr es una visibilidad absoluta de todas las transacciones propietarias y comerciales, a través fundamentalmente de: 1) un aumento de la cultura tributaria obligación para todos los ciudadanos a declarar renta, sin importar que se terminen efectivamente pagando impuestos o no; 2) un proceso de bancarización completo de la población (disminuyendo, eso sí, los altos costos de los servicios financieros para los más pobres); 3) un aumento en la cobertura de las transacciones electrónicas sin importar su monto al menor costo posible; y 4) una comunicación abierta con otros Estados para compartir información sobre las transacciones de los nacionales en aquellos.

Logrado este primer paso de visibilización, se tiene que llegar al paso más seguro: acabar con las transacciones de dinero en efectivo, que es caldo de cultivo para lo posesión ilícita de bienes.  Con efectivo se compran inmuebles por debajo de su precio real, vehículos para mostrar la nueva opulencia ilegal, funcionarios públicos corruptos, silencios cómplices de testigos, y, en general, los males que agobian una sociedad sedienta de justicia social.  Y con los pagos en efectivo, se hace supremamente fácil para comerciantes inescrupulosos la evasión del IVA, pues se da vía a la doble contabilidad.

Esto, sin contar con la inseguridad que conlleva el efectivo: costando muchas vidas por robos a personas del común, generando tristezas interminables a muchísimas familias.

Estamos en el siglo 21, llenos de tecnología a nuestro servicio, que abaratan costos de transacciones bancarias a todo nivel, con acceso desde muchos equipos de manera simple.  Es increíble que un invento tan obsoleto e inseguro como el efectivo se mantenga vivo a pesar de que existen maneras tan fáciles de remplazarlo.  Tan solo la falsificación del efectivo sería un argumento único para demostrar la vetustez de este sistema de pago.

En un país como Colombia, el 65% de población cuenta con algún servicio bancario, y a pesar de que han aumentado de manera significativa en los últimos años, aún estamos muy lejos de países como Estados Unidos, Alemania y España, donde se llega a niveles superiores al 90%.  Adicionalmente, se estima que más del 60% de las transacciones comerciales se hacen en efectivo, sin contar las compras de bienes inmuebles.  Con esos antecedentes, la lucha es supremamente desigual, y el Estado jamás podrá combatir de manera efectiva la ilegalidad

Los Estados deben comenzar un propósito conjunto y rápido para desmontar las estructuras criminales: conocer la realidad de los movimientos transaccionales de sus ciudadanos con el fin de encontrar cambios injustificados en sus posesiones, poder hacer seguimiento a las razones por las cuales existen esos cambios y enfrentar con el peso de la Ley a quienes llegaren a enriquecerse ilegalmente.

Como se puede apreciar, el Estado tiene en sus manos herramientas invaluables con las que puede luchar de manera inmediata contra la criminalidad y la ilegalidad.  Las situaciones más complejas tienden a tener soluciones más sencillas de los que imaginamos.  Acabar con el efectivo y visibilizar las transacciones cambiarán el rumbo del mundo llevándolo a la verdadera Legalidad. Es simplemente un tema de determinación estatal.  Es tiempo de actuar.

Noviembre de 2012

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