Uncategorized Toggle

INCENTIVANDO LA MEDIOCRIDAD

Si nos situáramos en el futuro y miráramos retrospectivamente el papel del Estado actual en la formación de los individuos llegaríamos a una conclusión alarmante: el Estado se ha convertido en un padre alcahueta que lo único que está logrando es incentivar la mediocridad de los ciudadanos.

El asistencialismo estatal desmedido ha generado una mentalidad perdedora que ha creado una consciencia colectivamente aceptada mediante la cual es preferible no esforzarse por trabajar o crear empresa, pues es preferible pertenecer a una clase tristemente privilegiada por subsidios, regalos y prebendas de los gobernantes de turno, sin importar el nivel nacional, regional o local.

Esta dependencia de los ciudadanos hacia el Estado ha permitido crear estructuras de poder de desfachatados gobernantes populistas, felices de usar los recursos públicos para anquilosar prácticas que solamente pervierten la sociedad.  La transacción está implícita: los ciudadanos siguen votando por esas malas prácticas y como contraprestación reciben más y más apoyo estatal, generando un círculo vicioso cada vez más difícil de romper.

A los ciudadanos no se les está exigiendo absolutamente nada para ser parte de los regalos estatales.  Lo único que requieren, en teoría, es ser parte de determinada condición económica o pertenecer a ciertos grupos raciales o de bandas criminales.  Y ésta es una condición que tiene que empezar a cambiar: si el Estado está dando cualquier beneficio, debería exigir retribuciones específicas a cambio, que ayuden a mejorar la convivencia y vayan en pos del desarrollo social.  De lo contrario, se está generando la peor enseñanza: a quien trabaja y se esfuerza no se le beneficia, por lo que se alienta a que las personas busquen la ley del menor esfuerzo y prefieran mantenerse al margen del desarrollo económico, por miedo a perder las gabelas de los gobernantes de turno.

Y no solamente en los sectores más populares se logra incentivar la pereza.  Profesionales de las más diversas áreas que nunca accederían al sector privado se aprovechan de las roscas del momento para conseguir puestos en el sector público que no lograrían en condiciones regulares, o contratistas de bajos pergaminos manipulan a los gobernantes de turno para lograr ganancias nunca antes pensadas, todo a expensas del bolsillo de los ciudadanos que pagan impuestos de la mejor fe.  La enseñanza, entonces, continúa siendo la misma: sea mediocre pero esté bien conectado.

Lo más irónico es encontrar cómo se nutren de eufemismos los gobernantes mediocres, tal como el modelo asistencialista que promueven: dicen que están haciendo justicia social, equidad, cerrando la brecha, en fin, miles de disculpas que aplauden las masas cautivas por sus prebendas, o quienes aspiran a ser parte de ese preciado club, del que nadie hace parte de manera meritocrática.  Al contrario, parecería que el único mérito es no esforzarse, no pensar, no arriesgarse.

Es hora de desenmascarar la realidad: el asistencialismo sólo genera mayor dependencia del Estado, embrutece caudalosamente a los ciudadanos, los convierte en seres perezosos, facilistas, mediocres.  El asistencialismo es, sin lugar a dudas, la bofetada más grande a la dignidad del ser humano, que se tiene que someter al capricho del gobernante de turno para sobrevivir, que se tiene que arrodillar a la caridad para lograr objetivos ínfimos, que se acostumbra a no tener que esforzarse en su intelectualidad para progresar.

Incluso en materias como educación se parte de una concepción asistencialista: la apuesta ha sido por aumentar la cobertura sin importar la calidad o en hacer obras físicas educativas.  Nunca se cuestiona el modelo educativo obsoleto estatal, que premia la repetición animalesca de lo que dictan profesores mal preparados.  Esto lleva a perpetuar la mediocridad de las masas, que ingenuamente creen que el solo hecho de tener acceso a educación hace la diferencia.  Al contrario, un mal sistema educativo es la eternización del asistencialismo, basado en eufemismos que deben ser cambiados si queremos una sociedad que progrese.

Y como si fuera poco, los jueces han puesto muchos granos de arena a la pésima manía de agudizar la mediocridad: dándoselas de salvadores de la humanidad, han creído que convirtiéndose en ordenadores de políticas públicas disminuirán la brecha social que existe, aún en contravía de la propia Constitución que se ufanan de defender.  Muchos ciudadanos se han aprovechado de esta ingenuidad judicial para abusar del Estado, reclamando por cualquier concepto que se les venga a la cabeza, y sueñan con enriquecerse cuando se ganen el premio gordo de las demandas judiciales, y a los jueces no les ha importado la viabilidad estatal: finalmente, ellos no son los encargados de lograr el desarrollo económico.  Los jueces benefician a unos pocos en demérito del verdadero crecimiento económico y social de la ciudadanía.

El Estado debe dejar a un lado el daño absurdo que está haciendo a la ciudadanía a través de un asistencialismo insulso y adictivo a todos los niveles.  Al contrario, el Estado debería concentrarse en la verdadera creación de oportunidades para el desarrollo económico y social, invirtiendo en educación basada en innovación, ciencia y tecnología, oportunidades crediticias de emprendimiento con valor agregado e infraestructura para la competitividad global.  Lo único que logra el asistencialismo es convertir a los ciudadanos en rémoras no pensantes, degradando al ser humano a la peor condición pensada.  Lo que realmente requerimos es ciudadanos pensantes, pujantes, esforzados, triunfando con base en sus méritos.  Ésta debe ser la nueva obsesión del Estado frente a sus ciudadanos.  Es tiempo de actuar.

Enero de 2013

Leave a Reply

ShutDown