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EXTREMOS DE LA INDOLENCIA GUBERNAMENTAL

EXTREMOS DE LA INDOLENCIA GUBERNAMENTAL

Por: Alfredo Ramos Maya Senador de la República Twitter: @AlfredoRamosMfacebook.com/AlfredoRamosSenadoSano

Laureles es un corregimiento ubicado a treinta kilómetros de la cabecera de Santa Fe de Antioquia, en el occidente antioqueño. Enclavado en las montañas de nuestras agrestes cordilleras, tras tomar una carretera bastante precaria llena de precipicios y en la que apenas se movilizan unos cuantos carros de escalera, se puede acceder a un lugar maravilloso, de belleza natural sin par, con un aire puro que reconforta y con una calidad humana que nos hace sentir orgullosos de ser colombianos.

Pese a todas esas bellezas, Laureles fue objeto por muchos años de la descarnada violencia terrorista y narcotraficante que solía agobiar a Colombia antes de 2002, y que en cualquier momento puede reaparecer tras el abandono de la lucha frontal contra los criminales más grandes y ricos de la historia de nuestra Nación. Ya se sienten pasos peligrosos tras las cuestas antioqueñas.

En nuestro país, el riesgo de caer en una mina antipersona aumenta cuando más alejados se está de una cabecera municipal, y la historia de violencia en Laureles podría perfectamente cualquier día sumar víctimas de tan aberrante delito, que tiene hipotecados nuestros campos a la maldad y al olvido.

Como si ya no fueran suficientes los tristes recuerdos de terribles épocas, sus habitantes ya comienzan a padecer la aparición de criminales que se hacen llamar de todas las maneras posibles, pero que pretenden apoderarse nuevamente de las pocas y difíciles tierras que están en mano de campesinos madrugadores y esforzados.

Contando con uno de los acueductos veredales que se encuentran en tantas regiones de Colombia, el agua en Laureles no es potable. Las posibilidades de tener agua que pueda ser consumida directamente de la llave dependen de una gran inversión que posiblemente nunca llegaría, pero especialmente de unos mayores costos que la comunidad no alcanzaría a pagar, por lo que prefiere mantenerse en el actual estado. Y ni mencionar la posibilidad de saneamiento básico, pues las aguas negras recorren el pequeño lote en el que está ubicada la diminuta institución educativa del corregimiento.

Esta institución apenas tiene hasta grado octavo. Una sola profesora para unos treinta alumnos de diversos grados hace esfuerzos ingentes por mantener algún nivel de calidad y evitar que los niños deserten frente al trabajo agrícola o las promesas de un mejor futuro en la capital antioqueña. Cualquier joven que desee acceder a un mayor grado educativo tendrá que trasladarse a la cabecera municipal o pagar diariamente el transporte en el camión de escalera a la misma, al horario que se establezca y gastando tiempo valioso que podría estar aprovechando en labores de cultura, deporte o profundizando en su mejoramiento educativo.

La institución educativa apenas reinauguró su restaurante escolar tras estar derribado por más de un año, pues algún político le hizo el llamado al Alcalde del municipio para que no dejara tirada 2 la educación de los niños. La sala de computadores, que también había sido derribada, no tuvo la misma suerte, pues aún se conserva la placa donde estaba antes ubicado. Aunque parece no existir tanto afán en la reconstrucción del mismo pues en un salón están intactas las cajas de unos “computadores para educar” que no cumplen su labor y la conexión a internet está dañada desde hace un buen rato pese a que sagradamente llega la factura de servicios del mismo.

El puesto de salud de Laureles es una vieja casa que parece que fuera a caerse en cualquier momento y que se mantiene cerrada con candado la mayor parte del tiempo. Una enfermera va unos pocos días a la semana. Y algún médico aparece una vez cada tres meses, si la suerte acompaña al pequeño poblado que aglutina la centralidad del corregimiento.A las veredas no llega el servicio preventivo de salud. Cualquier urgencia tiene que estar sometida a la suerte de la salida del próximo camión de escalera, una moto arriesgándose entre la resbaladiza vía hacia la cabecera o asumir una costosa y lejana ambulancia que difícilmente puede pagar algún campesino.

Laureles requiere muchas más vías de conexión entre sus diferentes veredas y con comunidades vecinas. Los incontables kilómetros entre trochas hechas por el paso diario de mulas y campesinos difícilmente se convertirán en vías transitables en las que puedan llegar vehículos que faciliten el transporte de productos agrícolas, mercancías e insumos que mejoren la calidad de vida y los ingresos de todos los habitantes de esa apartada región.

Aunque con las pérdidas en los últimos tiempos que han sufrido los productores fundamental para la pequeña economía de Laureles, tal vez algunos gobernantes le apuesten a que nunca habrá necesidad de dichas vías cuando todos los campesinos hayan migrado a engrosar los cinturones de miseria de las ciudades.

Y como si este panorama no fuera suficiente, comienzan los dramas personales que desgarran el corazón aún más, en una prueba fehaciente de lo inhumano a lo que llega el Estado: doña María Antonia, una mujer que ronda los ochenta años y que no puede moverse de su casa por problemas físicos debido a su edad. Ella tenía derecho a un subsidio estatal. Pero a raíz de su enfermedad, no puede trasladarse mensualmente a la cabecera municipal a recibir el pago de dicho apoyo. ¿Debería siquiera tener que trasladarse? Hace mucho tiempo que doña María Antonia dejó de recibir el único ingreso que tienen muchos adultos mayores en Colombia que jamás cotizaron un centavo para recibir una pensión en su vejez.

La crónica que describo de Laureles, que es completamente cierta, sucede en gran parte de las regiones de nuestro país, con casos aún peores pero que mantienen una consistencia narrativa asombrosa, sometidos al abandono de un gobierno indolente que prefiere premiar a los criminales y abandonar a sus ciudadanos más vulnerables.

El futuro de Colombia está en su inteligente capital humano y en el enfoque económico en actividades agrícolas. Podríamos ser una gran despensa mundial de alimentos. Pero los incentivos perversos para dejar el campo están a la orden del día: el abandono, la falta de inversión, los costos adicionales a todo nivel que tienen que pagar nuestros campesinos son razón suficiente y comprensible para que se aventuren a la vida urbana que les es tan lejana y extraña. Y muy poco estamos haciendo para cambiar esta situación. Un llamado urgente a abrir nuestros ojos para que el campo sea verdaderamente nuestro futuro. Para mañana es tarde.

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